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miércoles, 23 de enero de 2013

La lección del fotógrafo.

Acabo de ver en "El País" las fotos del premio Luis Valtueña, fotero asesinado en Ruanda cuando trabajaba de forma anónima simplemente para la información. 

http://cultura.elpais.com/cultura/2013/01/22/album/1358858853_503149.html#1358858853_503149_1358859728

Valtueña no necesitaba bajarse de un avión con la cámara destrozada del compañero, ni afirmar ser el primero de su profesión en llegar, no aleteaba delante de las cámaras ni se apropiaba teorías o informaciones ajenas. Él, como fotero, hacía fotos en las que desde un rincón de esos en los que todavía se hace periodismo, contaba historias.


He visto las fotos y lo primero que me llama la atención es que los foteros están aquí. Hacía años que no se miraba a la tristeza cercana de nuestro país (o eran los medios los que no miraban). Mientras los experimentados reporteros coronan títulos de primera mujer periodista de televisión que con un pañuelo azul y la dv en la derecha, llega a Mali (indeterminado para no comprometerse), o el intrépido y a la par reflexivo periodista que busca la verdadera verdad de Chernobil con niños reflectantes, los Valtueña y compañía nos ofrecen los genocidios cotidianos.




También están en los otros infiernos y siempre son los de enfrente los destinatarios de su trabajo y protagonismo. En su historias no hace falta respirar deprisa ni decir, estoy aquí, por aquí voy (casos mas cercanos a la primera del plural descartada la tercera). Ellos están ahí, los únicos "ellos" con dignidad para protagonizar su historia. Lo otro, lo de los "otros ellos", son biografías en ocasiones con tanto maquillaje o bótox, según canal, que deforman la realidad.


Por eso la lección de los fotógrafos como Valtueña, o de Manu Brabo que vive para contarlo, pero siempre en foto, sin dar pistas de donde se encuentran los hospitales clandestinos, delatar a su acompañante o confundir el extrarradio con el centro de una ciudad. Esa es la lección que a mi al menos me dan todos, o casi todos los días, con sus historias.



No hacen aleteos bailables delante de una cámara para transmitir mejor, pero tienen los suficientes conocimientos de primeros auxilios para salvar una vida o al menos no condenarla. No hablan cuando trabajan. Los que miran necesitan conocer de la historia hasta sus sonidos y les molestan los cacareos susurrantes de los... "estoy aquí, esto esta mal, muy mal...". No hablan y resumen sus historias en notas que aportan para el pie de foto, eso es una lección que está muy bien recibir todos los días.